El collar
Guy de Maupassant
Era una de esas jóvenes lindas y encantadoras, nacidas, como si dijéramos, por un error del destino en una familia de obreros. No tenía dote, ni esperanzas, ni ningún medio para ser conocida, comprendida, amada y casada por un hombre rico y distinguido; y se dejó casar con un pequeño empleado del Ministerio de Instrucción Pública.
Era simple, no pudiendo adornarse, pero desgraciada como una persona venida a menos; porque las mujeres no tienen casta ni raza, y su belleza, su gracia y su encanto les sirven de nacimiento y de familia.
Cuando fue al baile, fue el asombro de todas, más elegante que todas, sonriente, alegre, loca de placer. Todos los hombres la miraban, preguntaban su nombre, pedían ser presentados.
Bailó con embriaguez, con pasión, intoxicada de placer, sin pensar en nada más, en el triunfo de su belleza, en la gloria de ese éxito.
Se fue a las cuatro de la mañana. Al buscar su abrigo para salir, buscó el collar alrededor de su cuello. ¡No estaba!
—¿Qué tiene usted? —le dijo su marido ya medio dormido.
Ella se volvió hacia él, espantada: —Tengo... tengo... que no encuentro el collar de Madame Forestier.
Él se irguió, estupefacto: —¿Cómo!... ¿Es posible?
Y se pusieron a buscarlo... No lo encontraron.
Tomaron partido por la catástrofe. Compraron un collar de brillantes, como el otro, que costaba cuarenta mil francos. Después de diez años lo habían repagado todo.
Un domingo, paseando por los Campos Elíseos, percibió de pronto a Madame Forestier, siempre joven, siempre bella.
—Buenos días, Jeanne.
La otra no la reconocía.
—Pero... señora... no sé... sin duda se equivoca usted.
—No. Soy Mathilde Loisel.
—¡Oh!... mi pobre Mathilde, ¡cómo te has cambiado!...
—Sí, he tenido muy malos días desde que no te veo... ¿Recuerdas aquel collar de brillantes que me prestaste para ir al baile en el ministerio? Lo perdí.
—¡Cómo! puesto que me lo devolviste.
—Te devolví otro igual. Y eso nos costó diez años. Por fin ya se acabó.
Madame Forestier, muy conmovida, le tomó ambas manos.
—¡Oh!, mi pobre Mathilde. ¡El mío era falso! ¡Valía a lo sumo quinientos francos!...
— FIN —
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