ARES y AFRODITA: La infidelidad de los dioses
En el corazón del Olimpo, donde los dioses reinaban con pasiones tan humanas como sus poderes eran divinos, nació una de las historias más fascinantes y contradictorias de la mitología griega: la de Afrodita, diosa del amor y la belleza; Ares, dios de la guerra; y Hefesto, el dios cojo del fuego y la forja. En esta tríada se entrelazan el deseo, la traición y la venganza, mostrando que incluso los inmortales no escapan a los caprichos del corazón.
Afrodita fue la más deseada de entre todas las diosas. Nacida de la espuma del mar, su belleza no pertenecía al mundo de los hombres ni al de los dioses: era una fuerza que alteraba el equilibrio del universo. Sin embargo, su destino fue sellado por una decisión política más que pasional. Zeus, temeroso de que su poder seductor generara conflictos entre los dioses, decidió casarla con quien menos peligro representaba: Hefesto, el artesano divino, rechazado por su aspecto físico pero reverenciado por su talento.
Hefesto había sido arrojado del Olimpo por su propia madre, Hera, avergonzada de haber dado a luz a un hijo cojo. Creció lejos del cielo de los dioses, en las profundidades del mar, donde aprendió a dominar el fuego y el metal. De esa fragua nacieron los tronos, los cetros y las armas de los dioses, objetos que parecían respirar vida. Cuando regresó al Olimpo, fue recibido no por amor, sino por conveniencia. Afrodita, la diosa de la pasión, fue entregada a un esposo sin fuego en la sangre.
En esa unión forzada germinó la tragedia. Afrodita halló en Ares, el impetuoso dios de la guerra, lo que su matrimonio no le ofrecía: fuerza, deseo y peligro. Sus encuentros clandestinos se convirtieron en el secreto peor guardado del Olimpo. Cada noche, mientras Hefesto trabajaba entre brasas y martillos, Afrodita se perdía en los brazos del guerrero. El amor, en este caso, era también una batalla.
Pero ningún secreto puede ocultarse del Sol. Helios, el dios que todo lo ve, descubrió el romance y lo reveló al herrero. Hefesto no estalló en furia. En cambio, urdió un plan con la paciencia de quien conoce el peso de cada golpe. Forjó una red invisible, hecha de hilos de oro irrompibles, tan finos como la luz, y la colocó sobre el lecho de los amantes. Cuando Afrodita y Ares cayeron en ella, quedaron atrapados ante los ojos de todos los dioses.
El Olimpo entero acudió a presenciar el espectáculo. Allí estaban, desnudos y atrapados, los símbolos del amor y la guerra convertidos en objeto de burla. La escena fue tanto cómica como trágica: el deseo, que en los dioses parecía sagrado, quedaba expuesto como debilidad. Solo Poseidón intercedió para liberar a los amantes, prometiendo a Hefesto que Ares pagaría la compensación correspondiente.
Este episodio, contado por Homero en la Odisea y retomado por Hesíodo y Apolodoro, no solo relata una infidelidad divina: revela la esencia humana de los dioses griegos. Afrodita no es solo deseo, sino la búsqueda insaciable de amor. Hefesto no es solo el traicionado, sino la figura del creador herido que transforma el dolor en arte. Y Ares encarna la pasión que destruye, pero también la que mantiene viva la chispa del deseo.
En nuestro video, “Ares y Afrodita”, esta historia cobra vida a través de un lenguaje cinematográfico y poético, donde la música, las imágenes y la voz narrativa reconstruyen la intensidad del mito con sensibilidad contemporánea. Cada plano busca capturar la tensión entre el amor y el deber, entre la belleza y el dolor, entre lo divino y lo humano.
El mito de Afrodita y Ares sigue resonando porque nos habla de la condición eterna del deseo: esa fuerza que puede elevarnos o destruirnos. En la perfección de los dioses, el amor revela su mayor ironía: ni siquiera la inmortalidad protege de la vulnerabilidad de sentir. Como decía Hesíodo, “el amor es el principio de todo movimiento”; y en este mito, también lo es de toda caída.
Así, entre fuego, oro y espuma, Afrodita nos recuerda que la belleza no es pureza, sino contradicción. Y Hefesto, en su venganza silenciosa, nos enseña que incluso los corazones más heridos pueden forjar maravillas. Porque, al final, la mitología griega no nos habla de dioses lejanos, sino de nosotros mismos, reflejados en sus pasiones eternas.
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